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Hay que reparar en lo que nos incita a comer

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El alimento no es tan solo un material de construcción o un combustible para el cuerpo, sino que constituye una parte muy importante de nuestro sistema emocional. Eso es algo que se pone en evidencia cuando vemos cómo se consuela a un niño dándole un dulce o una golosina.  A cualquier edad, tanto el beber como el comer pueden utilizarse para dar consuelo, colmar un vacío, compensar el aburrimiento o atenuar la tristeza. Una mala regulación de nuestras emociones puede inducir variaciones de peso sin que existan verdaderos excesos alimentarios o trastornos del comportamiento alimentario. Esta es la razón de que los regímenes o el ejercicio físico por si solos a menudo sean insuficientes para reducir de modo duradero una sobrecarga ponderal.

Las variaciones de nuestro estado psicológico y afectivo, o relacional, influyen sobre nuestro modo de alimentarnos tanto en la cantidad como en la calidad. Los comedores emocionales piensan en la comida cuando se notan ansiosos,  emotivos o negativos. Para ellos, fijar su atención en los alimentos y en su ingesta es una manera de no pensar en las emociones negativas, pero también de evitar tener conciencia de sí mismo. A veces, una ingesta alimentaria excesiva puede explicarse por un intento de impedir que se produzca una irrupción de pensamientos, recuerdos, sentimientos o emociones dolorosas. También es un camino, fácilmente accesible, que conduzca al placer, a fin de compensar una contrariedad, una frustración, la tristeza o la inquietud. Asimismo, desde un punto de vista emocional, comer de manera desenfrenada puede verse como un paso hacia la agresividad presente en el individuo y que este dirige contra sí mismo.

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